We are opening an exhibition with Pere Llobera and Diane Guyot at L21 Gallery in Mallorca on the 25th of July!
ShowroomEditions

Anna Irina Russell

CAST  (Scroll down for CAT and ENG)

En contraposición a los humanos, que desarrollamos buena parte de nuestra existencia derechos, muchos otros animales permanecen en el mundo en una posición de horizontalidad, apoyando en el suelo su cuerpo y todas sus extremidades, desplazándose con saltos, reptando o deslizándose por las superficies, manteniéndose cerca del nivel del suelo y en algunos casos también del agua, atentos a sus ruidos, a sus cambios de temperatura, a sus leves temblores. Muchos de estos animales no-humanos tienen una facultad que no tenemos nosotros: la capacidad de comunicarse a través de ultrasonidos, de estímulos auditivos que nuestro umbral perceptivo no nos permite reconocer, pero que ellos pueden percibir como vibraciones.

Anna Irina Russell ha investigado estos procesos de comunicación en algunos animales como las ranas, las termitas, las arañas o las langostas verdes, que pueden enviarse información mediante la emisión y la recepción de vibraciones en el sustrato (sea éste el suelo, la superficie del agua, una hoja o una telaraña). Partiendo de estas investigaciones y de sus trabajos anteriores sobre sistemas de comunicación, códigos de interacción y estructuras semióticas de poder y control, la artista ha desarrollado una instalación específica para el espacio de Bombon Projects en que la luz, entendida como una materia escultórica intangible, se transforma en vibración y en reflejo. Aparte de las luces artificiales, en la instalación están también los rayos del sol, que se filtran en el espacio a través de grietas y de algún cristal descubierto. Esta luz, que varía cada día y también va cambiando a lo largo de la jornada, se integra a la instalación como un componente incontrolable, como una agencia creativa autónoma que dialoga y negocia con la de la propia artista.

Todo ello configura un sistema receptivo y cambiante, que se retroalimenta y nunca es el mismo, y que nos habla de procesos de reciprocidad, de escucha, y de una fortaleza que no reside en la inmutabilidad, sino en la interdependencia y la transformación constante. Es una propuesta que intenta desestabilizar la hegemonía del régimen sensorial de los humanos, predominantemente visual, e introducir en el espacio un repertorio de vibraciones a través de campos magnéticos, que nos recuerdan que no todo lo que nosotros vemos tiene una naturaleza sólo visible; que hay fenómenos, como la luz, que otros seres vivos perciben como vibraciones, como sonidos, o como calor.

Russell, pues, presta atención a los procesos de emisión y detección de señales vibratorios en las relaciones animales, y observa como este tipo de comunicación difiere de la humana, en la que predomina la información visual y sonora, en especial aquella vinculada al lenguaje. Pero la artista se interesa también, y de una manera especial, por cómo en estos actos comunicativos se generan mensajes no intencionados, que sitúan el emisor en una posición de vulnerabilidad. Se trata, a menudo, de información residual o colateral derivada del mensaje principal que el emisor quiere transmitir, señales que el animal envía involuntariamente o sin ser consciente, y que fácilmente pueden convertirlo en presa de sus depredadores, capaces también de recibir y reconocer estos otros mensajes. Un ejemplo sería el de la rana de árbol, que en su grito de cortejo genera sobre el agua ondas y vibraciones que los murciélagos y otros depredadores suyos pueden reconocer. Incluso si la rana detecta la presencia de algún murciélago amenazando y deja de emitir este sonido, las vibraciones sobre la superficie acuática perduran, como un mensaje residual y rastreable que aún la pone en peligro. Otro ejemplo sería el de la langosta verde macho, que para cortejar la hembra produce un chirrido que hace vibrar el sustrato. La langosta hembra escucha este chirrido, y también capta los ultrasonidos en forma de vibración; pero la araña es también capaz de detectarlos, y fácilmente puede atrapar la langosta emisora. De este modo, algo tan asertivo como un grito de cortejo, un acto comunicativo que de por sí expresa una voluntad relacional, una predisposición a abrirse al mundo y a los demás, se convierte en estas situaciones en un peligro, una trampa.

A pesar de las diferencias formales que separan este sistema de comunicación animal del humano, la artista observa en el fenómeno de la emisión involuntaria de señales rastreables un paralelismo con ciertas formas de vigilancia y control omnipresentes en los sistemas de comunicación tecnológica empleados por las personas. Es pertinente referir cómo muchas de estas tecnologías se originan en el campo científico y militar, y cómo en ser implementadas en el conjunto de la sociedad adoptan formas y funcionalidades que las hacen más amables, pero sin dejar nunca de operar como estructuras de vigilancia y control. Se llega así a una situación paradójica, en la que como usuarios nos parece disponer de una cantidad de información inconmensurable, aparentemente transparente y siempre a nuestro alcance, pero que en contrapartida genera también la circulación de un ingente número de datos sobre nuestra persona que nos es notablemente opaco e inaccesible. El título de la exposición de Anna Irina Russell, en este sentido, puede leerse como un aviso, como un enunciado que nos advierte que tanta información puede ser cegadora, y que quizás nos priva de ver algo esencial, como un peligro o una trampa.

Pero al igual que las superficies viniladas que cubren los cristales de la galería, esta opacidad tiene también algunas grietas, y “Una luz cegadora” nos da quizás pistas sobre cómo detectarlas y hacer uso. Si de una manera indirecta el proyecto de Russell nos hace pensar en estas áreas opacas de la comunicación tecnológica humana, regida sobre todo por inteligencias artificiales, su instalación nos invita a acercarnos también a otras inteligencias no humanas pero naturales, como las de ciertos ecosistemas y las de algunos animales. Y es aquí cuando se hace pertinente pensar en la langosta verde, que para evadir la araña puede llegar a emitir la misma vibración que el viento, y confundir así su depredadora. O en la rana de árbol, que para evitar ser devorada durante el cortejo, aprende a sincronizar su grito con el de otras ranas, y en esta señal de amor unísono, engaña al murciélago. Quizás la manera de soslayar estas formas de control omnipresente es escaparse por las rendijas amando como un singular plural, y simular siendo viento, o luz, o agua.

    Alexandra Laudo [Heroínas de la Cultura]

 

Actividades relacionadas:

  • 15/07 a las 19h: Visita comentada a la exposición “Una luz cegadora” a cargo de Anna Irina Russell
  • Visita comentada nocturna (fecha y horario por confirmar)
  • 03/09 a las 18h: Lectura performativa en el marco de la instalación “Una luz cegadora” a cargo de Anna   Irina Russell y Xavier Rodríguez Martín.

CAT

En contraposició als humans, que desenvolupem bona part de la nostra existència drets, molts altres animals romanen al món en una posició d’horitzontalitat, recolzant al sòl el seu cos o totes les seves extremitats, desplaçant-se amb salts, reptant o lliscant per les superfícies, mantenint-se a prop del nivell del terra i en alguns casos també de l’aigua, atents als seus sorolls, als seus canvis de temperatura, als seus lleus tremolors. Molts d’aquests animals no-humans tenen una facultat que no tenim nosaltres: la capacitat de comunicar-se a través d’ultrasons, d’estímuls auditius que el nostre llindar perceptiu no ens permet reconèixer, però que ells poden percebre com a vibracions.

Anna Irina Russell ha investigat aquests processos de comunicació en alguns animals com les granotes, les termites, les aranyes o les llagostes verdes, que poden enviar-se informació mitjançant l’emissió i la recepció de vibracions en el substrat (sigui aquest el terra, la superfície de l’aigua, una fulla o una teranyina). Partint d’aquestes investigacions i dels seus treballs anteriors sobre sistemes de comunicació, codis d’interacció i estructures semiòtiques de poder i control, l’artista ha desenvolupat una instal·lació específica per a l’espai de Bombon Projects en què la llum, entesa com una matèria escultòrica intangible, es transforma en vibració i en reflex. A banda dels llums artificials, a la instal·lació hi ha també la dels raigs de sol, que es filtren a l’espai a través d’escletxes i d’algun vidre descobert. Aquesta llum, que varia cada dia i també va canviant al llarg de la jornada, s’integra a la instal·lació com un component incontrolable, com una agència creativa autònoma que dialoga i negocia amb la de la mateixa artista.

Tot plegat configura un sistema receptiu i canviant, que es retro alimenta i mai no és el mateix, i que ens parla de processos de reciprocitat, d’escolta, i d’una fortalesa que no resideix en la immutabilitat, sinó en la interdependència i la transformació constant. És una proposta que intenta desestabilitzar l’hegemonia del règim sensorial dels humans, predominantment visual, i introduir a l’espai un repertori de vibracions a través de camps magnètics, que ens recorden que no tot el que nosaltres veiem té una naturalesa només visible; que hi ha fenòmens, com la llum, que altres éssers vius perceben com a vibracions, com a sons, o com a calor.

Russell, doncs, presta atenció als processos d’emissió i detecció de senyals vibratoris en les relacions animals, i observa com aquest tipus de comunicació difereix de la humana, en la qual predomina la informació visual i sonora, en especial aquella vinculada al llenguatge. Però l’artista s’interessa també, i d’una manera especial, per com en aquests actes comunicatius es generen missatges no intencionats, que situen l’emissor en una posició de vulnerabilitat. Es tracta, sovint, d’informació residual o col·lateral derivada del missatge principal que l’emissor vol transmetre, senyals que l’animal envia involuntàriament o sense ser-ne conscient, i que fàcilment poden convertir-lo en presa dels seus depredadors, capaços també de rebre i reconèixer aquests altres missatges. Un exemple seria el de la granota d’arbre, que en el seu crit de corteig genera damunt l’aigua ones i vibracions que els ratpenats i altres depredadors seus poden reconèixer. Fins i tot si la granota detecta la presència d’algun ratpenat amenaçant i deixa d’emetre aquest so, les vibracions damunt la superfície aquàtica perduren, com un missatge residual i rastrejable que encara la posa en perill. Un altre exemple seria el de la llagosta verda mascle, que per a cortejar la femella produeix un xerric que fa vibrar el substrat. La llagosta femella escolta aquest xerric, i també en copsa els ultrasons en forma de vibració; però l’aranya és també capaç de detectar-los, i fàcilment pot atrapar la llagosta emissora. D’aquesta manera, quelcom tan assertiu com un crit de corteig, un acte comunicatiu que de per sí expressa una voluntat relacional, una predisposició a obrir-se al món i als altres, esdevé en aquestes situacions un perill, un parany.

Tot i les diferències formals que separen aquest sistema de comunicació animal de l’humà, l’artista observa en el fenomen de l’emissió involuntària de senyals rastrejables un paral·lelisme amb certes formes de vigilància i control omnipresents en els sistemes de comunicació tecnològica emprats per les persones. És pertinent referir com moltes d’aquestes tecnologies s’originen en el camp científic i militar, i com en ser implementades en el conjunt de la societat adopten formes i funcionalitats que les fan més amables, però sense deixar mai d’operar com a estructures de vigilància i control. S’arriba així a una situació paradoxal, en què com a usuaris ens sembla disposar d’una quantitat d’informació incommensurable, aparentment transparent i sempre al nostre abast, però que en contrapartida genera també la circulació d’un ingent nombre de dades sobre la nostra persona que ens és notablement opac i inaccessible. El títol de l’exposició d’Anna Irina Russell, en aquest sentit, pot llegir-se com un avís, com un enunciat que ens adverteix que tanta informació pot ser cegadora, i que potser ens priva de veure quelcom essencial, com un perill o un parany.

Però igual que les superfícies vinilades que cobreixen els vidres de la galeria, aquesta opacitat té també algunes escletxes, i Una luz cegadora ens dóna potser pistes sobre com detectar-les i fer-ne ús. Si d’una manera indirecta el projecte de Russell ens fa pensar en aquestes àrees opaques de la comunicació tecnològica humana, regida sobretot per intel·ligències artificials, la seva instal·lació ens convida a apropar-nos també a altres intel·ligències no humanes però naturals, com les de certs ecosistemes i les d’alguns animals. I és aquí quan es fa pertinent pensar en la llagosta verda, que per evadir l’aranya pot arribar a emetre la mateixa vibració que el vent, i confondre així la seva depredadora. O en la granota d’arbre, que per evitar ser devorada durant el corteig, aprèn a sincronitzar el seu crit amb el d’altres granotes, i en aquest senyal d’amor uníson, enganya el ratpenat. Potser la manera de defugir aquestes formes de control omnipresent és escapar-se per les escletxes estimant com un singular plural, i simular sent vent, o llum, o aigua.

   Alexandra Laudo [Heroínas de la Cultura]

                                                                                                                                                   

Activitats relacionades:

  • 15/07 a las 19h: Visita comentada a l’exposició “Una luz cegadora” a càrrec d’Anna Irina Russell
  • Visita comentada nocturna (dia y hora per confirmar)
  • 03/09 a las 18h: Lectura performativa en el marc de la instal·lació “Una luz cegadora” a càrrec d’Anna   Irina Russell i Xavier Rodríguez Martín.

ENG

A blinding light

In contrast to humans, who develop much of our existence upright, many other animals remain in the world in a horizontal position, supporting their body or all their limbs on the ground, moving with jumps, crawling or sliding for the surfaces, staying close to the ground level and in some cases also to the water, attentive to their noises, their temperature changes, their slight tremors. Many of these non-human animals have a faculty that we do not have: the ability to communicate through ultrasound, auditory stimuli that our perceptual limitations do not allow us to recognize, but that they can perceive as vibrations.

Anna Irina Russell has investigated these communication processes in some animals such as frogs, termites, spiders or green locusts, which can exchange information by emitting and receiving vibrations in the substrate (either the ground, the surface of the water, a leaf or a cobweb). Based on this research and her previous work on communication systems, interaction codes and semiotic power and control structures, the artist has developed a specific installation for Bombon Projects’ space in which light, understood as an intangible sculptural matter, it is transformed into vibration and reflection. In addition to the artificial lights, the installation also includes the sun’s rays, which are filtered into space through cracks and some exposed glass. This light, which varies every day and also changes throughout the day, is integrated into the installation as an uncontrollable component, as an autonomous creative agency that dialogues and negotiates with that of the artist herself.

All this forms a receptive and changing system, which feeds back and is never the same, and which speaks to us of processes of reciprocity, of listening, and of a strength that does not reside in immutability, but in interdependence and constant transformation. It is a proposal that seeks to destabilize the hegemony of the human sensory regime, predominantly visual, and introduce into space a repertoire of vibrations through magnetic fields that remind us that not everything we see has a visible nature only; that there are phenomena, such as light, which other living beings perceive as vibrations, as sounds, or as heat. As stimuli that do not necessarily or solely have to stimulate vision.

Russell, therefore, pays attention to the processes of emission and detection of vibrational signals in animal relationships, and observes how this type of communication differs from human communication, in which visual and sound information predominates, especially that linked to language. But the artist is also interested, specially, in how unintentional messages are generated in these communicative acts, which place the sender in a position of vulnerability. This is often residual or collateral information derived from the main message that the sender wants to transmit, signals that the animal sends involuntarily or without being aware of it, and that can easily turn it into prey for its predators, also able to receive and recognize these other messages. An example would be the tree frog, which in its courtly cry generates waves and vibrations on the water that bats and other predators can recognize. Even if the frog detects the presence of a threatening bat and stops emitting that sound, the vibrations on the water surface persist, like a residual and traceable message that still endangers it. Another example would be the male green locust, which to woo the female produces a squeak that vibrates the substrate. The female locust listens to this chirp, and also captures the ultrasound in the form of vibration; but the spider is also able to detect them, and can easily catch the emitting locust. In this way, something as assertive as a courtly shout, a communicative act that in itself expresses a relational will, a predisposition to open up to the world and to others, becomes in these situations a danger, a trap.

Despite the formal differences that separate this animal communication system from the human one, the artist observes in the phenomenon of the involuntary emission of traceable signals a parallelism with certain forms of surveillance and control in technological communication systems employed by people. It is pertinent to refer to how many of these technologies originate in the scientific and military field, and how, being implemented in society as a whole, they adopt forms and functionalities that make them friendlier, but never cease to operate as structures of surveillance and control. This leads to a paradoxical situation, in which as users we seem to have an immeasurable amount of information, seemingly transparent and always within our reach, but which in turn also generates the circulation of a huge amount of data on our person who is remarkably opaque and inaccessible to us. The title of Anna Irina Russell’s exhibition, in this sense, can be read as a warning, as a statement that warns us that so much information can be blinding, and that perhaps deprives us of seeing something essential, as a danger. or a trap.

But just like the vinyl surfaces that cover the gallery’s glass, this opacity also has some cracks, and A Blinding Light perhaps gives us clues on how to spot and use them. If in an indirect way Russell’s project makes us think of these opaque areas of human technological communication, governed mainly by artificial intelligence, her installation invites us, as well, to approach other non-human intelligences but that are natural, such as those of certain ecosystems and those of some animals. And this is where it becomes pertinent to think of the green locust, which, in order to evade the spider, can emit the same vibration as the wind, and thus confuse its predator. Or in the tree frog, which, in order to avoid being devoured during the courtship, learns to synchronize its cry with that of other frogs, and in this sign of unison love, it deceives the bat. Perhaps the way to shun these forms of ubiquitous control is to escape through the cracks, loving as a singular plural, and simulate being wind, or light, or water.

Alexandra Laudo [Heroínas de la Cultura]

 

Related activities:

15.07 at 7pm: Guided visit of the exhibition “Una luz cegadora” with Anna Irina Russell

Guided night visit (day and time yet to be confirmed)

03.09 at 6pm: Performative reading of the installation “Una luz cegadora” with Anna Irina Russell and Xavier Rodríguez Martín.